EL PROBLEMA NO ES LA DEMANDA SINO LA OFERTA
El kirchnerismo navega por estas horas por aguas que nunca transitó antes en materia económica, desde que llegó al poder en 2003. La estrategia de impulsar la demanda (a través del gasto público, el boom de consumo, y el contexto favorable para el sector externo) le deparó jugosos réditos económicos, y también políticos.
El PBI se duplicó, el desempleo cayó a su nivel más bajo en 21 años y la industria se expandió como pocas veces en la historia argentina contemporánea. Como si fuera poco, este proceso se logró con superávits gemelos (fiscal y comercial), al menos hasta 2008.
Pero en economía aplicar la misma receta, no garantiza obtener siempre los mismos resultados. El contexto cambió y requiere por lo tanto una nueva estrategia ¿Lo percibirá el Gobierno?
Hay margen para realizar las modificaciones necesarias, pero requiere que las dificultades actuales sean interpretadas como tales. La insistencia por estimular la demanda a como de lugar, en un contexto en el que la restricción es de oferta, podría llevar al país al peor de los mundos: inflación con recesión, lo que en la jerga de los economistas se denomina estanflación.
¿Por qué? Porque cerca del pleno empleo, ante cada estímulo adicional de la demanda, predominan en economía los ajustes vía los precios (inflación) en lugar de a través de las cantidades (crecimiento del nivel de actividad). Es una lección que los economistas aprendieron luego de varios años de debate entre las principales escuelas macroeconómicas: keynesianos y clásicos (con sus variantes más actuales, como neokeynesianos y neoclásicos).
Hoy la Argentina está en un virtual estado de pleno empleo y el uso de la capacidad instalada en la industria en los últimos 16 meses superó el 80% en 9 oportunidades, hecho que sólo había ocurrido una vez en los últimos 20 años. En este contexto, a diferencia de los 9 años previos, se torna casi imposible crecer a tasas elevadas incorporando masivamente trabajadores a la economía, ni usando más las maquinas existentes. Se requiere combinar ambos factores (trabajadores y máquinas) de una manera más eficiente. Aumentar la inversión y que ésta a su vez impulse la productividad y la innovación tecnológica.
Si el Gobierno identifica el nuevo contexto al que se enfrenta, la Argentina se encaminará hacia tasas de crecimiento de economías maduras, entre el 4% y 5% anual. El contexto internacional sigue siendo favorable (soja, tasas internacionales y Brasil).
Las políticas keynesianas (por llamarlo de algún modo, aunque podría debatirse) de la última década brindaron sus frutos. Sin ir más lejos, el Gobierno los cosechó con el 54% de apoyo que obtuvo el año pasado en las elecciones. Pero llegó la hora de aplicar una sintonía fina en serio. Ello no implica un ajuste, sino lograr tasas de crecimiento sustentables en el tiempo.
En este escenario, si de aumentar la productividad se trata, la inversión se transforma en un factor clave. Y es precisamente la variable cuya tasa de crecimiento se desplomó en el cuarto trimestre del año pasado (último dato oficial). Pasó de crecer entre 16% y 28% interanual en los seis trimestres previos, a sólo 8% (la mitad). En adelante, la apuesta pasa por domar los animal spirits con los que el propio Keynes identificaba al humor empresario. Y realinearlos a favor de la inversión.FUENTE EL CRONISTA